Querido Juanga:
Hoy me han pedido que defina con tan sólo tres palabras la relación que me une a ti. La primera palabra que he elegido ha sido ilusión. Cuando todavía no sabía ni quien eras, ni cómo eras, pero sabía que algún día estarías con nosotros, compartiendo nuestros sueños, nuestros problemas, nuestra realidad cotidiana... Sentía una inmensa ilusión. Tuve que construir un lugar aparte para poder cobijar esa enorme cantidad de ilusión para que no escampara.
Luego vino otra palabra: miedo, terror... Esto vino cuando te conocí. Te conocí asustado, sin entender que pasaba con tu vida, sin entender que pintabas tu en ese trajín de ir y venir, en ese trajín de familias diferentes, de tener que estar agradecido y contento, cuando por dentro estabas inmensamente triste y derrotado. Pero de eso me percaté en seguida, de tu enorme tristeza, de tu enorme angustia. Por eso empece a quererte in situ e inmensamente. De ahí vino la tercera palabra, la más grande y la mas sincera: amor.
Un amor potolo, llano y pleno queriendo reconfortarte de todo el dolor que que te ha infligido la vida. Sólo con pensar en lo pequeño y con que tesón se empeñó la vida en destrozarte y hacerte victima de las más viles miserias: la pobreza, la violencia, el abandono... Ese abandono al que tus padres se vieron obligados porque de lo contrario te condenaban a una muerte segura.
Hijo del dolor, de la tristeza y del abandono, lo único que me resta en esta vida, te digo sinceramente, es quererte cada cicatriz, curarte cada dolor para que toda la crueldad incrustada en toda tu geografía se convierta poco a poco en una música agradable y que algún día puedas decir de esta vida que no es tan tan cruel y que tiene cosas lindas que es cuestión de tiempo y de aprender a vivir y desaprender la gramática del dolor.
Gema.

Me a gustado mucho porque me recuerdas lo triste y duro que viví. Pero ahora estoy con vosotros y eso es lo que vale en la vida, tener una familia.